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John Spencer y La Casona
por John Prigge

A finales del otoño de 1990, después de dos años de viaje a través de la India y Pakistán, John Spencer regresó al departamento que rentaba en la Casona en Cuernavaca, Morelos, México. Para esas fechas John ya había vivido veinte y tres años en unas de las habitaciones del primer piso de este inmueble cuya planta baja data del siglo XVI. Al volver, de inmediato se puso a trabajar de nuevo en la barda atrial (The Walls) de la capilla de los Reyes Magos en Tetela, Cuernavaca, construida a finales del siglo XVI. Durante ese tiempo, en 1991, el Instituto de Cultura de Morelos, dirigido por Mercedes Iturbe, una admiradora del trabajo de John, le otorgó una pequeña beca de un año en reconocimiento por sus muchas contribuciones al Estado de Morelos. John usó todo el monto de su beca, y mucho más de su propio dinero, en el proyecto de Tetela, que después de varias interrupciones, estaba entrando en su tercera década de trabajo. Sin embargo, unos cuantos años después, a la edad de 69 años, John comenzaría un proyecto completamente nuevo.

Una mañana de abril de 1997, John dejó su departamento llevando bajo el brazo algunos libros y un par de sus esculturas en piedras de río en su morral y, caminando media cuadra, se fue a su café favorito para tomar sus cotidianos plátanos con miel y café con leche. Sin embargo esa mañana su camino habitual se vio interrumpido por algo nuevo en la fachada de su Casona querida: un letrero de “Se Vende.” A medida que se reunieron a su mesa del café sus amigos de costumbre, él les mencionó esta alarmante noticia. ¿Quién comprará la Casona? ¿Se convertirá en otro “centro comercial”, como tantas otras propiedades en los últimos años en Cuernavaca? ¿Y a dónde iría él?

John Spencer sabía a dónde iría si la Casona cambiaba de propietario y dejaba de ser un “edificio de departamentos” o más bien dicho, vecindad. Durante los últimos cinco años John había dividido sus fines de semana entre dos lugares realmente cautivadores y que lo inspiraban mucho. Uno se encontraba a orillas del río Amacuzac a las afueras del poblado del mismo nombre, en donde se quedaba en casa de sus queridos amigos Ana Marsland y Stanley Millet. Ahí gozaba de su compañía, de las excelentes “papas al horno” cocinadas de manera casera —John decía que nadie las hacía mejor que Ana— y de largas caminatas por las márgenes del río en donde recogía más piedras de río para las esculturas que había estado creando durante más de treinta años, que colectivamente denominaba “Sermones en Piedra”. Estas esculturas, que requerían de enorme paciencia y persistencia, horadándolas lentamente con un taladro eléctrico, se convirtieron en tigres, leones, la Ballena de Jonás, el Arca de Noé, cebras y jaguares. Las piedras labradas que John no regaló, pronto serán puestas en exhibición como parte de la Colección John Spencer en el Museo la Casona.

Los fines de semana que John no estaba imaginando jaguares y ballenas en piedras de río a lo largo del Amacuzac, los pasaba en una pequeña celda monacal en el Ex-Convento de Yautepec, cuyo párroco era su gran amigo el padre Ángel Sánchez. Era a esta celda de convento a donde John pensaba retirarse en caso de que tuviese que dejar el hogar en el que había vivido casi la mitad de su vida. Pero también comenzó a soñar en otra posibilidad. Su difunta esposa Elizabeth le había dejado una pequeña fortuna en una cuenta en Inglaterra. El único dinero que John había gastado seriamente en su vida había sido en sus proyectos de arte. Él no sabía realmente si tenía el dinero suficiente para comprar la Casona. La Casona ocupa un predio de 1,500 metros cuadrados en el Centro Histórico de Cuernavaca. Se ubica frente a la Catedral de Cuernavaca y a lo largo de una calle que está rematada por dos edificios históricos: el Jardín Borda y el Palacio de Cortés. Hablar de dinero era un tema embarazoso para John y no estaba seguro de la manera en que debía acercarse al propietario, el señor Miguel Alatriste, que al paso de los años también se había hecho su amigo. Fue así como acudió a otro de sus amigos —que había conocido a principios de la década de los ochenta y que, en esa época, era el único estadunidense que trabajaba en un banco mexicano en Cuernavaca— pensando que lo podría aconsejar en lo que le parecía una idea desaforada: comprar la Casona.

Cuando el amigo de John contactó a Miguel Alatriste por teléfono en su residencia de la Ciudad de México y le expresó el interés que John tenía de comprar la Casona, su idea no fue tomada en serio por éste. No podía entender que su inquilino y amigo de tantos años, que no poseía ni sabía manejar un coche, que no tenía ni televisión ni estéreo y que a penas contaba con algunos muebles; que se vestía con trajes raídos y sandalias gastadas y que comía en restaurantes económicos en el centro, tenía dinero para comprar una propiedad de primer orden en el centro de Cuernavaca. Esta idea era tan extraña e improbable que cortésmente refirió a John y a su amigo a los agentes de bienes raíces que se encargaban de la venta. Sólo hasta que John Spencer les ganó la licitación a otros tres grupos interesados y estaba firmando los papeles del depósito en la oficina del notario, menos de tres meses después, fue que la familia Alatriste se dio cuenta de que había estado hablando en serio. Todos los hijos e hijas de Miguel Alatriste, que habían crecido en la Casona con John y que lo apreciaban mucho, estuvieron encantados de que la Casona pasara a manos de John. Pero el día de la firma de la venta, uno de los hijos se dirigió a John quejándose amargamente de que no hubiese hecho el trato directamente con la familia ahorrándoles los gastos de comisión de los agentes de bienes raíces. Sin embargo, John y su amigo le aseguraron que habían intentado hacer esto pero que no habían tenido ningún resultado.

Por casi la mitad de su vida, la Casona había abrigado como un nido y nutrido la imaginación creativa de John Spencer. Él había examinado y admirado la impresionante entrada de casi cinco metros de altura que conduce a un antiguo salón alargado del siglo XVI cubierto por una bóveda de cañón corrido apoyada sobre muros de más de dos metros de ancho, que probablemente se edificaron aprovechando alguna estructura prehispánica. Había dejado volar su imaginación mientras dibujaba en el jardín en medio de exuberantes platanares y de enormes árboles de mango. Había podido vislumbrar partes de columnas y capiteles antiguos que se encontraban escondidos detrás del aplanado y las puertas de metal a la entrada de su departamento. John Spencer había imaginado casi diariamente la grandeza de la Casona, si pudiese ser liberada de las horripilantes construcciones modernas que se le habían añadido al ser convertida en una vecindad “elegante” por el padre del propietario anterior a mediados del siglo XX. Todo parece indicar que el señor Alatriste estaba tan ansioso por terminar los trabajos en aquella época, que los artefactos precortesianos y coloniales que se encontraron en el lugar fueron colocados dentro de los muros como material de relleno; aplanando después los muros, para evitar la posibilidad de que el INAH detuviese las obras para hacer excavaciones arqueológicas. Durante la ejecución de las obras del proyecto de restauración de John Spencer se redescubrieron varias figuras prehispánicas en piedra, además de arcos, columnas y capiteles del siglo XVI. Todo esto estará también en exhibición en el Museo la Casona.

John pronto se dio cuenta, a su pesar, que para hacerle justicia a la Casona desde el punto de vista de la restauración arquitectónica, así como histórica y estéticamente, era necesario que se fueran los otros nueve inquilinos que quedaban. Por lo tanto, les ofreció a todos tres mese libres de renta y el pago de los costos de mudanza. La mayoría de estos inquilinos fueron comprensibles y aceptaron la generosa oferta de John. Hubo sin embargo algunos que se negaron, creando ciertas dificultades, pero como el proyecto de John abarcaba toda la estructura del inmueble desde el nivel de la calle, los corredores y salones que conducen hacia el jardín, los dos niveles alrededor del patio, hasta los llamados “penthouses” de la azotea, el trabajo nunca se detuvo. En ese tiempo la Casona tenía 2,500 metros cuadrados de construcción, de los cuales más de la mitad tuvieron que ser eliminados para que John pudiese lograr su visión de restaurar el edificio a su integridad histórica y arquitectónica. Los primeros dos años del proyecto se ocuparon en llevar a cabo un proyecto masivo de demolición; y ya tarde en la noche, John dormía a gusto escuchando el ruido de incontables toneladas de escombro que eran acarreadas durante las únicas horas que les es permitida la entrada a los camiones de carga en el Centro Histórico. Todo el proyecto de restauración fue financiado por John Spencer, pero tuvo el completo apoyo del Departamento de Obras Públicas del Municipio, que le dio todos los permisos necesarios libres de pago, y el permiso y aprobación agradecida del Instituto Nacional de Antropología e Historia (Centro INAH Morelos).

Al terminarse la fase de demolición contemplada en el proyecto, la azotea de la Casona había sido liberada de los “penthouses”, que en realidad eran varios apartamentos escuálidos construidos con gran solidez; fue así como hacia el sur se abrió una vista espectacular de la Catedral y de sus jardines, y hacia el este una vista panorámica de Cuernavaca y del campo. El jardín de la Casona cubría ahora un área cuatro veces más grande que antes. Los majestuosos salones abovedados de la planta baja fueron liberados de los muchos compartimentos que los habían dividido en numerosos cuartos obscuros y mohosos. Aunque John nunca contó exactamente cuantos apartamentos había tenido la Casona, le gustaba citar a propósito de ésta “El Leopardo” de Giuseppe Di Lampedusa cuyo Don Fabrizio decía que era, “un palacio en el que si uno conociese todos los cuartos, sabría que no vale la pena vivir allí”. En la Casona había habido más de cincuenta cuartos, desde minúsculas viviendas de una sola habitación hasta grandes departamentos. El impresionante resultado de la visión inspirada de John Spencer al restaurar la Casona ha sido que ahora Cuernavaca cuenta con cerca de veinte espacios diferentes para conciertos, exhibiciones, talleres, teatro y todo tipo de actividades culturales y presentaciones.

Al igual que su arte, la vida de John Spencer estaba llena de yuxtaposiciones fascinantes. John fue educado en la iglesia anglicana, sin embargo en 1955 se convirtió al catolicismo. Incluso en los días más calurosos se le podía ver caminando en la casi tropical Cuernavaca vestido con un traje raído y con corbata, pero calzando sandalias. Frecuentemente parecía distraído, absorto en sí mismo, en sus contemplaciones sobre el arte, pero también pesaba en sus amigos, y en un viaje a Inglaterra se le ocurrió traerle a uno de ellos, que al igual que él estaba fascinado por las ballenas, una veleta de Nantucket (isla de turismo de verano en las costas de Massachusetts y una ciudad en la isla, que lleva el mismo nombre, N. T.) que tenía la forma de este mamífero, de un metro y medio de largo. Típicamente, John olvidó el embalaje con la veleta en una estación en Inglaterra y tuvo que viajar de regreso dos horas más hasta donde, afortunadamente, pudo recuperarla. John podía quejarse porque el precio de su café con leche hubiese aumentado cincuenta centavos, pero gastaba liberalmente en sus esculturas para muchas iglesias del área y en su apoyo a jóvenes artistas de Cuernavaca, como sus amigos Cisco Jiménez y Angelina Wilimek.

John era un vegetariano que no comía ensaladas. Su dieta tenía todo que ver con la solidaridad con los animales y nada con la salud. Por muchos años la dieta de John consistía principalmente de pan blanco con queso, papas fritas a la francesa y helado. Tenía tal dedicación por los animales que por muchos años salía tarde en las noches a caminar por las calles de Cuernavaca en busca de cucarachas vivas para sus mascotas: dos tarántulas. Y una vez hizo todo un viaje hasta Los Ángeles, California, sólo para sentarse junto a un tigre que era la mascota de un amigo suyo. John era un lector voraz y dejó para la biblioteca de la Casona cientos de libros acerca de muchos temas. Pero podía pasarse horas mirando únicamente la imagen de una mariposa en uno de sus muchos libros acerca del mundo de los insectos. Podía citar de memoria muchos pasajes de Shakespeare, Graham Green, el Almirante Nelson, Chesterton, Nabokov, Gastón Bachelard y Malcom Lowry, por nombrar sólo algunos, pero cuando una vez su banco en Inglaterra llamó para confirmar una información personal antes de enviar una orden de transferencia, ellos tuvieron la sospecha de que fuese un impostor debido a que no pudo contestar sucintamente sus preguntas.

John Spencer vivió una vida muy austera con pocas posesiones y estaba perfectamente contento de imaginarse viviendo el resto de su vida en una celda de monje del ex-convento de Yautepec, pero en vez de esto se convirtió en propietario de la Casona, cuya fachada ocupa toda una cuadra del centro de Cuernavaca. Después de una corta enfermedad murió el 17 de marzo de 2005. John dejó la Casona como un centro cultural y museo privado, operado privadamente para beneficio del medio artístico e intelectual de Cuernavaca. En 1999 estableció la fundación sin fin lucrativo denominada “Museo la Casona, A.C.” para que administrara el proyecto después de su muerte. John se identificaba mucho con el proverbio árabe que dice: “Nunca termines de construir tu casa”, y muy de acuerdo con esto, la restauración no pudo terminarse antes de su muerte. Pero John les dejó instrucciones muy claras a sus amigos de la fundación de cómo completar su sueño. La Casona está muy ligada a las ideas de John sobre el espacio y la obra arquitectónica; y muy pronto uno será capaz de deambular por la Casona y observar los aspectos históricos y arquitectónicos del inmueble que él restauró junto con el arte de John Spencer. Aunque regaló la mayor parte de su arte a amigos y conocidos en todas partes del mundo, el Museo la Casona tendrá sin embargo una exhibición permanente de muchas de sus esculturas, pinturas, dibujos y esculturas en piedra; y también habrá fotografías de su vida y obra, incluyendo la Barda Atrial de Tetela del Monte, la cual está a sólo quince minutos de la Casona, en coche. En el documento por el que se estableció la fundación “Museo la Casona, A. C.” de John Spencer, quedó por escrito la siguiente cita tomada del libro “La Poética del Espacio” de Gastón Bachelard que siempre lo inspiró y que continuará inspirando su sueño de la Casona; “Tendremos la experiencia de una casa con raíces cósmicas”.

Cuernavaca, Junio de 2006
(Traducción de J. Ramón Sordo)